martes, 15 de marzo de 2011

5.000 inmigrantes violadas en la frontera Egipto-Israel


Los inmigrantes viajan de la sombra a la luz, persiguiendo un sueño de progreso y esperanza. Pagan su pasaje con dinero que sacan de debajo de las piedras, trabajos forzados, pequeños delitos con los que contentar al mafioso de turno. A veces, además, se dejan la vida en ello. Pero cada vez con más frecuencia, los modernos tratantes de hombres exigen otro medio de pago: el cuerpo de mujer, su carne ofrecida como sacrificio, su sumisión como moneda imprescindible para acceder al progreso. Es el mismo peaje en todas las fronteras. También en la que separa Egipto de Israel. Allí, en el desierto del Sinaí, cerca de 5.000 mujeres han sido violadas y sometidas a esclavitud sexual en 2010, la exigencia requerida por los contrabandistas beduinos para ayudarlas a cruzar hacia suelo israelí. Apenas una decena de mujeres más escapó al sometimiento de sus captores. Los datos, aportados por la Línea Directa de Trabajadores Inmigrantes (The Hotline for Migrant Workers (HMW), un organismo que presta asistencia a los extranjeros sin papeles, radicado en Tel Aviv), y avalados por una comisión de investigación del Parlamento israelí (Knesset), destacan además que 84 de estas mujeres se sometieron a abortos al llegar al país y otras 1.300 pasaron por la consulta del ginecólogo, “no para revisiones rutinarias, sino para ser tratadas de desgarros, infecciones, heridas y abortos realizados en pésimas condiciones”. El 77% de las mujeres africanas llegadas desde el Sinaí y atendidas por los servicios sanitarios de Israel mostraban lesiones físicas por golpes, ataduras, patadas, bofetadas, latigazos y quemaduras. El 94% de ellas presentaba una anemia profunda por falta de alimentos y el 74% sufría, además, deshidratación. Humillación, sometimiento, depravación mezclada con tortura y hambre. Cinco de ellas murieron, reventadas por sus explotadores. Las que llegaron al otro lado, las que sobrevivieron, han tenido ahora la fuerza de contarlo en un informe de HMW, venciendo la vergüenza de la violación y el ostracismo que implica en las comunidades africanas. Mujeres dispuestas a exprimir la vida.

T.M.A. sólo habla ahora de futuro: quiere un trabajo “digno”, reunir dinero y traer a su hijo a Israel, “para que no sufra” lo que ella pasó. Tiene 21 años, las manos encallecidas y los ojos más tristes y hundidos del centro de reclusión de Saharonim, donde se interna a los inmigrantes llegados de forma ilegal. Cristiana, nacida en Sudán, tuvo a su niño en Eritrea y allí lo dejó, con unos familiares, para regresar a Jartum en busca de un empleo mejor. Cansada de no encontrar nada, un amigo la puso en contacto con un “mediador” que la llevaría con los beduinos egipcios, previo pago de 2.500 dólares. Ya en el Sinaí, los mafiosos le reclamaron 2.800 más -”los ahorros de años”-, y cuando apenas llevaba allí dos horas, uno de los cabecillas se le acercó y le pidió otros 7.000. “Me gustas demasiado para irte por tan poco”, le dijo, agarrándole la cara. No tenía el dinero, así que la encadenaron junto a cinco mujeres más y la encerraron en una choza. Le cuesta hablar, casi deja que sea Abeba Zenawi, una educadora del centro, la que relate su historia, pero se acaba por animar, lenta, casi imperceptiblemente. “Me pidieron un teléfono para llamar a mi familia y reclamarle el dinero. Yo temía que los amenazaran, sobre todo al bebé, y no hablaba. Entonces me golpeaban con mangueras y barras de hierro, me dejaban medio inconsciente y me violaban. A veces usaban esos palos para penetrarme. Eso ocurrió todos los días durante tres meses, y en ese tiempo me daban de comer una vez cada dos días, y siempre gachas de harina. Si algún beduino de otro campo venía y me violaba me daban más comida, porque la pagaba el extraño“, explica, aún aterrorizada. Dice que su caso “no es el peor”, porque los dos últimos meses de su cautiverio la liberaron para que ayudara a traer agua al campamento y limpiara los excrementos de los demás presos. “Al menos podía moverme y hacía mis necesidades en el desierto”, insiste. Pasados cinco meses de calvario, su familia reunió los 7.000 dólares extra y los mandó a sus secuestradores. Al día siguiente del pago, pudo cruzar la frontera. Le habían dejado diez dólares para que llamara a unos amigos que tenía en Netanya, pero la Policía la vio antes. Ahora intenta legalizar su situación. La mayor parte del tiempo se la pasa en silencio, cosiendo, en su habitación.
Frontera entre Israel y Egipto, en el desierto del Sinaí, el pasado enero.

Frontera entre Israel y Egipto, en el desierto del Sinaí, el pasado enero.

Más habladora y risueña es su compañera de habitación, V.S.P., etíope, 22 años, con cuatro meses de estancia en el Sinaí y ocho de internamiento en Israel. Parece que será deportada, pero no se plantea siquiera que eso pueda ocurrir. “Seguro que hay espacio para mí aquí”, dice convencida. Su caso es similar: quería cruzar el desierto en busca de empleo. Una cuadrilla de beduinos le pidió 3.000 euros. Los pagó, pero aún así la encerraron. Tras una semana de privaciones, llegó el horror. “Nos cogieron a tres mujeres y nos dijeron que teníamos que limpiar unas casas, pero lo que pasó es que nos encerraron en una cueva con dos pastores que nos violaron toda la noche. Por la mañana nos llevaron al campamento y nos amenazaron, no debíamos contar nada. A la noche siguiente nos quisieron llevar de nuevo, pero yo me resistí, así que nos golpearon a todas con mucha violencia. Desde entonces, cada noche, sin falta, al menos un beduino venía a violarnos”. Habla con frialdad, como si el dolor fuese de otra mujer, avejentada por el llanto pasado, lejana, deshumanizando su relato. Una estrategia de defensa contra el recuerdo recobrado. “Cuando esos hombres entraban en mí… yo sólo tenía ganas de vomitar, aunque no tenía comida en el estómago. Yo era virgen cuando llegué al desierto, ¿sabes?“, dice, con una mirada violenta de pronto. Se esmera en contar lo pasado, porque quiere así “echarlo de su cabeza”. “El que primero me violó se retiró para limpiarse mi sangre, me había desvirgado… y mientras se lavaba su compañero vino y me penetró de nuevo. Yo no paraba de gritar y llorar, pero ellos se reían de mí”. No podía hacer nada. Pasado un mes, la llevaron a una choza, donde estuvo aislada tres meses. El jefe del clan, un tal Mohammed, iba cada día a violarla y a apalearla, “al menos dos veces”. Le llevaba comida cuando se acordaba, una pita seca y un litro de agua. Le decía cosas en árabe y, como ella no lo entendía, se enfadaba y le pegaba más aún. Un día la llevaron a su celda inicial y la dejaron con un grupo de 20 personas. Su familia había pagado. Podían llevarla a la frontera. Cuando llegó a Israel no pedía comida, sólo una ducha (no había podido bañarse en todo el tiempo en el desierto) y jabón. “Quería quitarme los piojos y el olor de ese hombre asqueroso“. Dice que aún se estremece si escucha su nombre.

La más joven de las refugiadas valientes que se deciden a contar su infierno es T.L.S., 19 años, de Eritrea, casada y con un hijo en su país, que llegó a Israel en diciembre. Pagó 3.000 euros a un contrabandista del Sinaí pero días antes de proceder al paso de frontera le reclamó 10.000 más. “¿De dónde lo iba a sacar? Era imposible pagar”, explica, la mirada verdosa, franca, inquieta, los pies nerviosos que se cruzan y descruzan. Como no podía cumplir el pago la torturaron, conectando a la corriente eléctrica las cadenas de metal que la aprisionaban de pies y manos. Se desmayó varias veces. Abdallah, el líder de sus torturadores, la violó junto a dos de sus seguidores durante cinco días consecutivos. En una ocasión casi la estrangulan para evitar sus gritos, porque pasaba cerca una patrulla del Ejército egipcio. Los abusos siguieron, de forma más esporádica. En una de las violaciones, T.L.S. quedó embarazada. Ahora está de siete meses, una barriga que la avergüenza y que esconde en los jerseys informes que usan las judías ultraortodoxas. “Mi marido no sabe lo que ha pasado. Yo quiero abortar… no quiero a este hijo”, asume con rudeza, con desprecio. Sólo su padre, que tras ocho meses de batalla logró reunir el dinero para sacar a su hija del desierto, sabe de su situación. “Es tan bueno que no me repudia como hija”, afirma, convencida de que el fallo está en ella, y no en quien la vejó y la sometió. “Lo que intentamos es que cambie de idea”, dice su educadora, compatriota llegada como ella -sin violaciones de por medio- hace cuatro años.

Todas estas mujeres están en tratamiento psicológico, intentando superar lo ocurrido. A.I.S., además, debió pasar tres meses en el hospital del centro, tan graves eran sus heridas de guerra tras seis meses con los mafiosos del Sinaí. Pequeña, delgadísima -pasó de pesar 72 kilos a 37 por las malas condiciones del campamento-, no fue al colegio en su vida. A sus 21 años, sólo sabía ser pastora en Eritrea pero, cansada de esa vida, se fue a Sudán a buscar otro trabajo. Nunca había pensado en Israel como destino, pero cuando cruzó la frontera de su país vecino un soldado le pidió una mordida para dejarla pasar. Como no tenía dinero, fue vendida a unos contrabandistas del desierto, que le exigieron otros 2.800 dólares por llevarla a suelo israelí. La historia se repite: no tenía nada, así que la encerraron en una especie de granja y la ataron a una cordada de 15 personas, unidas por cadenas de hierro. Pura esclavitud. Así pasó siete meses, recibiendo palos en las espinillas y quemaduras en brazos, piernas y sexo con una barra de metal caliente. “Me decían que tenía suerte, que era fea y preferían a otras, que por eso no me violaban”, -cuenta sentada en su cama, con sábanas de Dora la Exploradora, que no desentona con su cuerpo menudo, casi infantil. Pero la suerte se acabó: apenas quedaban mujeres entre las prisioneras y una noche la eligieron a ella. Se la llevaron a otra nave, donde estuvo tres meses sometida a los caprichos sexuales del jefe de la banda. Varios hombres la violaban si él les daba permiso. Hasta entonces, nunca había mantenido relaciones con un hombre. “Juro que me resistí, que lloré, que grité… pero pasados los días dejé de hacerlo. Si me quedaba quieta me hacían menos daño”, relata. Un día le llegó la salvación: dos jóvenes etíopes iban a poder irse gracias a la ayuda de unos familiares de Arabia Saudí. Ella les pidió que localizaran a un tío suyo que vivía allí, del que no tenía el teléfono. Su tío finalmente mandó el dinero de su liberación. Junto a 30 c0mpañeros, pasó a Israel. La lluvia de aquella mañana fue su primera ducha en medio año.
Y.E.T. vio morir a varias compañeras que no lograron hacer frente al pago.

Y.E.T. vio morir a varias compañeras que no lograron hacer frente al pago.

Y.E.T, 22 años, también de Eritrea, escucha a sus compañeras. No quiere hablar, dice que su historia es parecida, que pasó por todo: reclusión, hambre, sed, suciedad, violaciones. Curiosamente, es la única que accede a mostrar su rostro. Es de nuevo la educadora la que le pone voz a su drama. Cuenta que a ella la amenazaron con robarle un riñón si no pagaba, y que por eso pasaba las noches sin dormir, temerosa de que la abrieran en canal. Cuenta que intentó escapar tres veces, y tres veces la descubrieron y la apalearon sin piedad como represalia. Cuenta que los mafiosos le pegaban con una barra de hierro en la espalda y las piernas mientras llamaban a sus familiares y les decían que, si no pagaba, “dejaría de llorar para siempre porque la iban a descuartizar“. Cuenta que una noche la violaron cinco hombres seguidos y estuvo dos días sin conocimiento, que aún arrastra las infecciones del desierto, que chilla en sueños. Porque Y.E.T. vio, además, cómo tres de sus compañeras de encierro, sometidas como ella en violaciones masivas con hasta 20 hombres, no lograron el dinero necesario para pasar y cómo los beduinos, cansados de ellas, felices por la nueva hornada de mujeres recién llegada al desierto, las mataron a hachazos. Ella asiste al relato de Abeba sin quitar los ojos de la ventana, aparentemente concentrada en el seto que proteje la valla del centro. No habla inglés, pero sabe perfectamente lo que está narrando, su carne aún lo sufre. Aún así, sonríe cuando se despide. “Agradecida”, dice.

También sonríe levemente cuando aparece Hidi, un chico de su edad, compatriota, antiguo vecino, llegado a Israel casi a la par que ella. También pasó seis meses en el desierto. Un cristiano obligado a leer en alto el Corán, forzado a trabajar como albañil en la casa del líder de los mafiosos -cuenta HMW que al menos 18 hombres fueron esclavizados en la construcción el pasado año-, que recibía descargas eléctricas en los genitales al menos una vez por semana. Él vio cómo un vigilante, encaprichado de una joven, la trajo una noche a la choza donde ellos dormían y la violó ante ellos, para no descuidar el servicio. “Aquel llanto, aquellos gritos… qué impotencia”, dice. Cuando la escena fue a repetirse días más tarde, se reveló junto a otro chico, sudanés. Lo que consiguieron es que los violaran a ellos (“A veces también forzaban a los hombres”) y que les subieran 3.000 dólares la deuda de 4.000 que ya arrastraban. Hidi es ahora el héroe del centro, el hombre al que todas las chicas quieren como a un padre o un hermano. “El salvador”, lo llaman en tigrinya.

Con estos relatos en la mano, HMW ha reclamado a Israel una mayor implicación para frenar en seco esta violación sistemática de los derechos humanos, que ocurre a 30 minutos de su frontera con Egipto. El problema, dice el Gobierno de Tel Aviv, es que se trata de otro país, soberano, en el que no se puede intervenir. La mediación con el vecino egipcio es “intensa”, ya que sólo en 2010 llegaron a Israel desde esta frontera 33.273 “infiltrados ilegales”, la mayoría de Eritrea, Etiopía y Sudán. “Lo que podemos hacer es tenderles una mano cuando llegan”, afirman desde el Ministerio del Interior. Una vez pasada la frontera, la mayoría de los inmigrantes, hombres y mujeres, son detenidos por el Ejército o la Policía y llevados al centro de internamiento de Saharonim, denunciado por diversas ONG por ser un espacio más policial que social. El internamiento se prolonga por un periodo de entre tres y seis meses, salvo en casos en los que se solicita el estatus de refugiado. Sigal Rozen, responsable del estudio, explica que el trato es correcto, pese a que “en algunos interrogatorios se olvida que estos inmigrantes no son delincuentes, sino personas sin documentos legalizados”. “Su único delito es administrativo”, insiste.
Abeba Zenawi, educadora del centro, también fue una inmigrante sin papeles.

Abeba Zenawi, educadora del centro, también fue una inmigrante sin papeles.

En este centro hay un equipo de 20 trabajadores sociales, educadores, psicólogos y médicos, que atienden a unas 200 personas como máximo. Israel afirma que es “insostenible” mantener un nivel de atención alto con tantos inmigrantes, de ahí que ya esté a punto de levantrarse otro centro de “internamiento” en el desierto del Neguev. Algunos de estos extranjeros son derivados más tarde a pisos de acogida o son liberados con una orden de expulsión que debe ejecutarse en tres meses. Como la inmensa mayoría no se va por su propia voluntad, terminan residiendo de forma clandestina en los suburbios de Tel Aviv, trabajando ilegalmente, arropados por sus comunidades de origen. Los eritreos, mayoría, intentan quedarse aludiendo a la persecución étnica y la guerra en su tierra, y son, pese a la dificultad del proceso, los que salen mejor parados. Terminan siendo, eso sí, ciudadanos de segunda, anclados en comunidades cerradas, trabajando sin documentos en el cuidado de ancianos, la limpieza y la cocina. El debate en Israel es ahora qué bolsa de inmigración ilegal es capaz de soportar. “Para aguante, el que tienen estas mujeres. Nadie que escuche sus historias puede dejar de ayudarlas. El problema del Gobierno es que no las quiere mirar. Eso es un crimen tan grave como el de quien las violó”. Lo dice un administrativo del centro, que se niega a dar su nombre. El primer hombre amable en meses que han visto estas mujeres doloridas.

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